Generalmente me voy en auto a la universidad, pero hoy, miércoles 17 de agosto de 2011, decidí hacerlo en metro para tener más posibilidades de encontrarme con alguna persona interesante en el camino de vuelta. Hablarle, preguntarle sobre diferentes puntos de vista y contarle los míos, eran, entre otras cosas, lo que nos habían pedido que hiciéramos en el ramo ‘Periodismo Ciudadano-Participativo’. Estaba afuera de mi casa a las 8:30 a.m. y caminé tres cuadras largas hasta llegar al paradero de micros. Anduve 20 minutos en el transporte, bajé en Escuela Militar y subí al tren subterráneo. Durante todo el trayecto fui pensando en cómo me iba a acercar a alguien desconocido y conversarle. El recorrido se me hizo rápido, sólo alcancé a imaginarme dos situaciones de aproximación. Al parecer, especulé con tanto detalle que se me pasó rápido el traslado.
Creí que iba a toparme con alguna señora de más de 50 años que viviera por el sector o con algún hombre de una edad similar y que trabajase cerca de ahí. Nunca pensé que iba a ser tan diferente a eso, además de que sería importante y reflexivo para mí.
Terminé las clases a las 11:20 a.m., después de haber tenido dos módulos con un recreo entre ambos que dura diez minutos. Esos suponen ser mi instante de relajo en el que no pienso en lo que tengo que hacer más tarde, pero esta vez no fue así: seguí preocupándome de mi futura experiencia que se avecinaba.
Salí de la Facultad de Comunicación y Letras y me dirigí hacia donde tomaría el metro para devolverme, la Estación Los Héroes. Lo hice por Vergara en dirección Libertador Bernardo O’Higgins (más conocida como La Alameda) y fue en ese momento en el que divisé en la misma vereda por la que yo iba a una mujer que por alguna razón –no sé cuál es- llamó mi atención que hizo darme cuenta de que con ella quería intercambiar palabras. Fui bajando la velocidad de mi caminata hasta parar justo al frente de ella, quien también frenó y me miró medio desconcertada. Nos saludamos, le pregunté su nombre y le expliqué lo que yo debía y quería hacer. Rocío accedió, amablemente, a pasar un tiempo conmigo.
No es alta, de tez morena, los ojos café y el pelo lo tiene tinturado más claro. Trabaja de empleada puertas adentro en una casa en Las Condes, en la que hoy en día viven los “patrones” y la hija menor de 20 años. Me contó que en total son cuatro, pero que los tres mayores están casados y que cada uno vive con sus respectivas parejas. Es peruana, lleva cinco años en Chile y desde que llegó ha trabajado en el mismo lugar. El miércoles es su día libre y los aprovecha conociendo sectores que le han recomendado. Hay veces que va sola, otras con amigas chilenas o de Perú. El barrio universitario fue el panorama para su feriado de esta semana.
Me preguntó qué hacía yo y le conté que estudio Periodismo en la Universidad Diego Portales y que curso cuarto año. Entonces comenzamos a hablar de los estudios, así llegamos a los estudiantes y terminamos en lo del movimiento estudiantil. Roció me comentó que no puede dejar de lado ese tema, sólo por el hecho de ser de otro país o por no ser una estudiante actualmente. Según ella, el tema se respira en las calles, asimismo en las noticias. Por lo tanto, siente que debe estar al tanto de cualquier cambio o nuevo conflicto. Para esta mujer, la educación es un derecho que todos deberíamos tener y compara el escenario chileno con el peruano. En su país, las instituciones públicas son tan buenas como las privadas o incluso mejores. No le apasionan los políticos o los asuntos sociales, solamente insistió en que la política está repleta de corrupción y que los pobres son los más perjudicados.
Encuentra injusto que sólo la gente con dinero pueda ir a algún colegio privado o a la universidad. Y de aquí desprendimos al tema de la economía que para ella es muy importante. Siempre está preocupada y pendiente del dólar, si sube o no. Cuando está bajo le conviene, entonces compra y dependiendo de cuánto necesite su familia en su país natal, calcula la cantidad para enviarles. En Perú se quedó su hija Melanie de 11 años y su madre que está enferma, aparte de los primos y la familia no tan directa. Por eso manifestó lo difícil que ha sido estar tan lejos de sus parientes, pero expresó que no tiene otra alternativa. Acá puede obtener muchas más oportunidades, especialmente refiriéndonos a Camaná, cerca de Arequipa, ciudad muy pequeña donde Rocío creció y vivió casi toda su vida. Admitió que hay días en los que llora, porque extraña a sus cercanos y al país en sí. Ella disfrutaba mucho de las fiestas que se hacen en relación a las variadas culturas que existen en Perú: la Moche, la Mochica y la Chimu. Eso es lo que encuentra que le falta a Chile, a pesar de que considera que hay bastante teatro y arte, hace falta sacar más a la luz la cultura originaria. No tanto el fútbol, aunque se considera una admiradora de los jugadores chilenos, incluso, cuando Perú pierde.
Agregó que Santiago es una capital muy cansadora, que en ese sentido es similar a Lima. Ese factor la perjudica más. Opinó que vivir en una ciudad grande, en una gran sociedad, es estresante. Especialmente el Transantiago y tener que cumplir con los horarios o reglas. Pero a pesar de los malos ratos que a veces aguanta, sabe que puede vivir en democracia y como explicó “teniendo opinión propia y hablando lo que se quiere”.
Todo lo anterior, no quiere decir que esta mujer de 38 años no tenga períodos de ocio y relajación. Le agrada la música. Al estar contenta escucha techno o reggae, cuando está melancólica opta por las baladas. No es una fanática de la lectura, dijo que cada vez que lee se queda dormida. Sin embargo, las historias reales le llegan al corazón y esas sí que las disfruta. Como por ejemplo, “El Niño de Pijama a Rayas” o “La Hija del Señor Lihn”. Dos libros que su jefa le prestó.
Me contó que con ese tipo de novelas se siente identificada. En un contexto totalmente diferente, los sentimientos de tristeza o alegría se asemejan a sus cuestiones personales, en los que recuerda a su madre a quien admira por haber sacado adelante a su familia con mucho esfuerzo y lucha. Es en ella en quien Rocío se refleja, quiere ser igual con su hija.
Al separarnos me quedaron muchos contenidos dando vuelta por la cabeza. Yo siempre tenía la sensación de que los que se van de su país y dejan a su familia, sólo para obtener una mejor calidad de vida, no estaban siendo buenas personas. Ahora me di cuenta de que estaba muy equivocada. Rocío es una mujer que lo daría todo por su hija o su madre, ella realmente está tomando las decisiones correctas y sé que logrará cumplir todos sus sueños, tanto en Chile como en Perú.
¡Qué buena narración! Sin estar presente en este esenario logré llegar a imaginarme la escena y la conversación.
ResponderEliminarEstá muy bien redactado, se ve un trabajo prolijo, con dedicación y talento.